Tenemos la tendencia de aprobar cosas que en la práctica no asumen ni siquiera quienes las promueven. Así es casi en todo. Aprobamos el 4% por ciento para la educación y no hemos cumplido con la asignación de recursos que ello implica en el presupuesto nacional. Igual hemos consignado el 10% de los ingresos fiscales para los ayuntamientos y tampoco cumplimos con eso. Para el Poder Judicial tenemos establecido el 2.6% y nada en la práctica, y por ahí seguimos asumiendo porcentajes que no ejecutamos.
Tenemos una ley de deportes que en nada ha sido aplicada para la implementación del presupuesto nacional, sin que ocurra nada y sin que a nadie parece importarle.
Es como si decidiéramos vivir en falsía, manteniendo el país en un reclamo permanente de asuntos que no podemos cumplir o no queremos asumir con responsabilidad.
Son, sin embargo, reclamos pasajeros, pues sólo se asumen cuando se está fuera del poder. No hay excusados, pues todos los partidos y sus dirigentes han pasado por este tránsito de estar en el poder y fuera del mismo y ha sido la misma actitud.
Cada quien hace lo que tiene en su cabeza o aquellas que las circunstancias del poder lo empujen, aunque muchas de ellas resulten muy útiles para el desarrollo nacional.
Pero en realidad no hacemos aquellas cosas que pudiéramos convenir como necesarias y prioritarias a la dinámica económica y social del país.
En medio de la campaña, la Iglesia Católica, la Iglesia Evangélica, los medios de comunicación y muchos otros sectores han estado planteando de muchas maneras la necesidad de prestar atención a temas importantes, y reclamando que se le de contenido a la discusión electoral hacia el 20 de mayo, ocasión en que escogeremos nuevos mandatarios.